Las diversas respuestas psicológicas y conductuales que las víctimas desarrollan ante su trauma van a condicionar la forma en que se implican en el proceso judicial de su caso. El desarrollo del proceso legal que les concierne incrementa, con gran frecuencia, las alteraciones psicológicas que la víctima padece; por otra parte, es llamativamente ignorado como es el mismo desarrollo de la trama judicial la que genera diversas alteraciones psicopatológicas. La  víctima trata de conseguir una difícil armonía conjugando por un lado,  los recuerdos y la reelaboración del trauma y, por otro, la evitación de las consecuencias emocionales que ha sufrido; esta búsqueda de equilibrio, se verá profundamente alterada a lo largo del desarrollo de todas las actuaciones procesales que le conciernen.

víctimas justiciaLos procesos psíquicos que se ponen en marcha tras el trauma y los procesamientos cognitivos que se establecen hacen que las víctimas no se encuentren, en muchas ocasiones, en buenas condiciones para poder afrontar el desarrollo del proceso judicial de su caso; siendo múltiples y relevantes las dificultades que tienen para ejercer de forma eficaz la defensa de sus derechos.

Las actitudes evitativas, que conforman una de las esencias de la patología postraumática, provocan actuaciones de alejamiento de todo el desarrollo procesal que llevan a consecuencias legales muy dañinas en el futuro. Es imprescindible un apoyo, tanto dentro del ámbito del derecho como en el psicológico, que, en la mayor parte de los casos, deberá ir más allá de la mera información, para intentar soslayar las tendencias evitativas. Salvo en una minoría de casos, debemos tener en cuenta que la exclusión o la mínima participación en el desarrollo procesal, aunque sea propiciada por la víctima, tendrá consecuencias negativas en los procesos de integración del daño recibido.

Con frecuencia la vivencia traumática lleva aparejada una desconfianza generalizada y una percepción del mundo como injusto y peligroso; estos sentimientos se pueden ver agravados por la evolución de los trámites judiciales en los que la víctima queda en un segundo plano, despersonalizada en muchos casos, situada como testigo de su propio daño en otros, inmersa en un sistema garantista de los derechos del agresor, supeditada a un proceso burocrático y sustituida, en muchos casos, por una víctima abstracta y simbólica que es el “bien social”.

El larguísimo tiempo transcurrido entre la denuncia y una sentencia definitiva tiene un efecto extremadamente negativo sobre las conductas evitativas y sobre las reexperimentaciones. Y, por otra parte, esta dilación interferirá en el proceso de integración de la vivencia traumática que es imprescindible para un desarrollo de una vida que no esté centrada en el trauma.

Es esencial tener en cuenta como la percepción de falta de apoyo por parte de instituciones, personas o elementos sociales con los que la víctima suponía que podía contar, ya que así se le había manifestado, provoca daños más profundos que los generados por el hecho traumático en sí.

Un hecho crucial que no debería ser nunca ignorado en el desarrollo del proceso judicial, es la forma en que la herida, originada por los cercanos y por las instituciones que deberían defender al dañado, es más profunda y difícilmente procesable que la infligida por el agresor.

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